Somos los viudos y los hijos no deseados

Musa. Forever. Cougar millennial, sinismos y beetlejuice.

Los nacidos entre el 77 y el 85 somos los grandes ausentes de la historia. Hasta ahora.

Más allá de clasificaciones sesudas (Xennials), yo nos califico con un mote infinitamente más mundano; somos la generación bisagra. Y justo ahí reside nuestra importancia futura en esta narrativa de los últimos días de la civilización tal y como la conocemos, antes de que pase la hecatombe climática que ya doy por descontada por acá.

Somos la generación bisagra entre el viejo mundo de ilusiones,promesas y sueños y el nuevo mundo de desencanto, abandono y sordidez. Somos la memoria del mundo que muere con la novedad. Con Internet, supercomputadoras, redes sociales y terraplanismo y antivacunas.

Somos la generación que creció con la seguridad de que el mundo era un lugar de certezas tan anticuadas como que el matrimonio casi era para siempre, pero tan funcionales como que estudiando y trabajando, se podía acceder a un mejor futuro. Certezas tan anticuadas como que había un dios y tan funcionales como que podías pasarte las creencias religiosas por los huevos.

Somos esa generación bisagra que tenía certezas tan lóbregas como que si cogías sin condón irremediablemente te ibas a morir de sida, pero tan esperanzadoras como que si te ponías un condón podías coger con quien quisieras. Somos esa generación que escuchó a Fukuyama decir que había llegado el fin de la historia y dos días después leíamos a Huntington anticipar el choque de las civilizaciones.

Nosotros somos esa generación que vio a Radiohead tocar bajo, batería y guitarra y ahora los ve tocando cajitas incomprensibles de ruiditos incomprensibles. Los que vimos a Björk ser parte de una banda de consumo masivo como los Sugarcubes y ahora la vemos hacer performances siendo placton, rodeada por flautas y poca cosa más.

Somos esa generación que pasó de los conciertos aislados a los festivales masivos. La generación que vio 3 , 4 o 5 transformaciones de Bowie, la generación que vio cómo El General pasaba de ser música de nacos a ver cómo Balvin cerraba el Coachella. La generación que pasó de tener animales a tener placebos de hijos a través de las mascotas.

A nosotros no nos alcanza el trabajo para tener casa, carro, hijos y un mejor futuro. Pero somos la generación a la que le basta con un teléfono para proyectar un ideal de vida inalcanzable, a partir de viajes costeados con sufrimiento pasado y futuro. Con nuestra vida, con nuestro tiempo, ese hijo de puta que silenciosamente nos roba la capacidad de reacción y asombro, incluso frente a la extinción masiva inminente.

Somos la generación que podía viajar haciendo autoestop y regresar con un regaño de los padres en casa, esos mismos padres que hoy nunca pueden estar en casa para regañar a sus hijos por falta de tiempo y sobre todo, dinero. Somos la generación del abandono mental que representaba la sola idea del divorcio y la del abandono factual que implica no tener tiempo ni de cagar por culpa de algún jefe explotador chingando por teléfono.

Somos esa generación que pasó del orgullo nacional a la identidad trasnacional que otorga la solidaridad frente a las catástrofes que surgen en el extranjero, mientras en lo nacional nos iban cortando derechos, aspiraciones y sueños. Somos esa generación que pasó del buscar en los viajes alrededor del mundo una nueva identidad, a encontrar en nuestra casa las respuestas a las grandes preguntas; quién soy, de dónde vengo, hacia dónde voy y por qué vergas.

Somos esa generación que pasó de buscar trabajar fuera de una oficina a necesitar que nos dejaran de chingar por redes sociales. Somos los que encontraron en esas mismas redes sociales una escapatoria, un infierno, un purgatorio y un velatorio para nuestros seres queridos.

Los nacidos entre 77 y 85 somos los viudos del viejo mundo y los hijos no deseados del nuevo mundo. Los que tienen memoria. Los que sabemos marcar de un teléfono analógico, los que crecimos en el barrio cazando lagartijas y arriesgando la puta vida agarrándonos desde nuestras bicis a la defensa del primer culero que pudiera servirnos de motor, cual pinche McFly en volver al futuro.

Vivimos las consecuencias de la cocaína y el sida, pero también la ilusión de la mota legal y los juguetes sexuales. Nuestros ídolos se mataron, pero nuestros ideales se globalizaron.

Nunca tuvimos el poder porque nuestros jefes se hicieron viejos en el puesto y los jóvenes nativos de internet llegaron a querer hacernos creer que no sabíamos nada. Que en la sociedad líquida todo era nuevo, todo era maleable. Mientras la puta lógica de explotación los chingaba a ellos y a nosotros, dándonos cuenta sin poder incidir en la realidad material.

Aprendimos que el machismo de nuestros padres y abuelos estaba de la verga, que la desigualdad es mala en sí misma, que la contaminación nos chingaba a todos… Pero también hemos tenido que entender que los deseos no son derechos, que el sistema en realidad funciona para el 2% y que la contaminación es consecuencia de un sistema diseñado para eso, no de las acciones individuales.

Ya vimos en el poder a los fascistas, a los populistas, a los irresponsables y a los que son todo eso empaquetados en un buen personaje público. Pero personaje. Ya vimos a los malos ser malísimos, ya los vimos malos pero con un buen discurso, ya los vimos ser feministas, animalistas y populistas. Ya los vimos a todos.

Hoy en día, el nuevo mundo que nace empieza a olvidar lo que había antes de internet, de las redes sociales y de traer fotos infinitas al alcance de nuestra mano. Hoy el término meme es sinónimo de chiste gráfico y no de la unidad más básica de pensamiento. Hoy el arte es un lujo y no una necesidad que inventaron unos monos en alucinógenos.

Hoy todo lo bueno de la vida sigue pasando; el amor, la esperanza, la bondad, la solidaridad, pero con un futuro de mierda enfrente. Un futuro que en realidad no pudimos cambiar, pero que debemos de equilibrar con nuestro conocimiento del pasado. De ese viejo mundo que vive en nosotros y en los VHS’s de nuestros padres que se mueren un día sí y una noche también.

Un mundo que tenía futuro y que hoy pareciera quedar en el olvido entre tanta inmediatez, zasca, ruido y desinformación. Nosotros, los nacidos entre 77 y 85, lo alcanzamos a ver.

Es nuestro deber asumirnos como los pilotes de razón, de ideales y de aspiraciones frente a lo que se viene, que no es poco pero es la nada absoluta. Se nos viene el fin de la civilización como la conocemos.

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