Vivimos tiempos especialmente oscuros

Estamos viviendo unos tiempos especialmente oscuros, que algunos estudiosos ya encuadran como una II Edad Media.

La Edad Media es una etapa dura y dramática de la historia de la humanidad, que según los expertos abarcó mil años, del siglo V, en concreto desde la caída del Imperio Romano de Occidente en el año 476 y el XV, con la caída del Imperio Bizantino.

Finalizó por tanto con la aparición de la imprenta inventada por Gutemberg, el fin de la terrible guerra de los 100 años, o el descubrimiento de América en 1492.

Fue una etapa larga que, para poder identificarla con mayor claridad, fue dividida entre la Alta y la Baja Edad Media.

Durante esos mil años se vivieron probablemente los instantes más terribles para la humanidad.

La implantación de un sistema profundamente cruel como el feudalismo, la citada guerra de los cien años, pestes que diezmaron a la humanidad, hambruna, crueldad sin límites, incluso la afamada Santa Inquisición fundada en 1184, aunque su reinado de terror y crueldad se extendería en los posteriores siglos, especialmente en nuestro país.

¿Puede sonar a exagerada la afirmación, de que desde hace unos años nos estamos introduciendo en una nueva Edad Media?

Podría ser, porque ambas etapas tienen elementos muy diferenciados, pero también otros comunes, por eso sería quizás más correcto señalar que estamos viviendo y viviremos en el futuro una Nueva Edad Media, o II Edad Media.

En esta no existe una guerra de los 100 años, aunque las de Siria, Irak, Yemen, Afganistán, Palestina, o las que asolan África de norte a sur se le parezcan bastante.

Tampoco hay ahora una confrontación geográfica concreta del Cristianismo-Islam como las que se vivieron en la Reconquista en nuestro país, o en las Santas Cruzadas, pero existe una más deslocalizada entre nuestra civilización y el yihadismo radical.

No hay una Santa Inquisición, pero si sectores reaccionarios radicales por doquier, aquí en España y allí, Europa y EE.UU. No llegan a quemar en la hoguera físicamente a quienes contravienen sus creencias, pero sí virtualmente desde ciertos medios de comunicación, o las redes sociales.

Las pestes de la primera han quedado sustituidas, esperemos que no superadas, por la Covid-18 actual. El dramatismo de lo vivido en las calles de las grandes ciudades medievales, ahora los estamos viendo en las camas y las UCI de los hospitales, o en las Residencia de Ancianos.

Hasta la madre naturaleza parece que acompaña con diferentes episodios trágicos atípicos, desde tremendas inundaciones, sequías pertinaces, huracanes, o terremotos.

El mundo oscureció entonces y parece que de nuevo oscurece ahora.

Pero quizás donde existe una mayor coincidencia es la crisis absoluta de valores.

En aquel cruel instante de la historia era un concepto poco estudiado, pero el “salvase quién pueda” resulta bastante común.

El interrogante fundamental ahora es si esta segunda durará tanto como la primera, o será un fenómeno de mayor brevedad.

Puede ser que el próximo 3 de noviembre, en el país más poderoso del mundo ocurra algo que nos dé una parte de la respuesta.

Aquí en nuestro país, esta reflexión ve la luz justo en el mismo momento que el presidente del Gobierno, impone un nuevo Estado de Alarma como reconocimiento de un inmenso fracaso social, un fracaso colectivo.

Una constatación de la gravedad de esa crisis de valores, que avanza en nuestro cuerpo social como si de una gangrena poderosa se tratara. Irresponsabilidad, insensatez, cobardía, insolidaridad, desprecio al otro, falta de escrúpulos.

Hemos llegado hasta aquí porque los canallas, minoritarios, pero no tanto, han podido con los responsables, con los sensatos. Eso sí, con la ayuda de sus cómplices; negacionistas y buenistas de diferentes pelajes, más una mayoría cobarde que simplemente ha mirado para otro lado, incapaz de poner freno al desvarío.

Este coronavirus ha podido extenderse y fortalecerse, porque nosotros se lo hemos consentido.

No vale echar sólo la culpa a las autoridades, que también, cada uno de nosotros y nosotras debemos mirarnos cada día al espejo e interrogarnos qué hemos hecho mal, o simplemente qué no hemos hecho. En qué hemos colaborado para llegar a esta trágica situación.

El ruido de las juergas y fiestas se ha impuesto al silencio de la reflexión. La valentía de los irresponsables a la cobardía de los sensatos. La indisciplina al orden social, la anarquía a la disciplina imprescindible en tiempos de coronavirus. Los charlatanes a científicos y expertos.

Probablemente todos tenemos algo de responsabilidad, unos por haber tenido temor a aplicar una dura represión contra los culpables de esta debacle, otros por no ser capaces de llamar a cada cosa y cada cual, por su nombre, otros por no haber ejercido de delatores contra los mismos.

Sí, sí, delatores, porque esa crisis de valores que nos corroe no ha sido capaz de visualizar, que en tiempos de riesgo extremo y este lo es, contra los enemigos de nuestra salud, todo puede y debe valer. Todo si con ello evitamos sufrimiento y muerte.

Esos remilgos, esa cobardía nos han llevado a la situación actual.

Estamos así inmersos en esta II Edad Madia.

En la anterior, después llegaron siglos de luz y color con el Renacimiento. Pero no llegaron por casualidad, sino por el esfuerzo, la valentía, la lucha y el rigor de gentes como Leonardo da Vinci, Galileo Galilei, Martín Lutero, o Tomás Moro.

Gentes que tuvieron el valor de enfrentarse a la oscuridad, a los sectores más reaccionarios, a los poderosos que temían cualquier cambio.

Pero sobre todo que impusieron un nuevo orden social imbuido de nuevo por los valores que deben imperar en una sociedad avanzada.

No se aprecian ahora gentes de esta valía, pero algunos tenemos la obligación de mantener sus estandartes hasta que lleguen, aunque sea a costa de incomprensiones y críticas.

Hoy nos domina la oscuridad, pero debemos seguir con la esperanza de que algún día llegue la luz.

Veremos……

Fdo.: José Luis Úriz Iglesias (Exparlamentario y concejal de PSN-PSOE)

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